Jugando al límite

Estadio ChihuahuaMe gusta el béisbol, creo que ya lo sabes, estimado lector, y una de las cosas que me gustan es que es un deporte de estrategia, donde no solo se gana por fuerza y destreza sino pensando y actuando en consecuencia de lo pensado. Me agradan, también, las reglas de este deporte… a veces parecen claras, otras confusas y es también algo que, para mi, le da mucho estilo y personalidad al juego, pues permite que tanto el entrenador como el jugador puedan jugar al límite de las reglas o totalmente apegados a ellas… ninguno de los dos métodos garantiza la victoria, pero siempre me ha gustado más el juego al límite, el que arriesga y no se rige por lo que se debe hacer, sino por lo que se quiere hacer. Además me agrada la oportunidad de acudir a un juego y poder platicar con las personas a mi alrededor… el béisbol me permite hacerlo.

Hoy quisiera hablarte sobre algo similar, algo que parece un juego, pero no lo es, sin embargo se rige por reglas y permisividades, pero sobre todo, depende mucho de cómo interactúas tú con ese juego.

En mi período como maestro del área físico-matemática en una escuela pública tuve la oportunidad de convivir con mis alumnos más allá de la enseñanza de mi materia, estableciendo con ellos una relación social que, aunque se suscribía exclusivamente al ámbito escolar, me permitió no ser el profesor de x materia, sino ser una persona que intentaba hacer con ellos algo a lo que su actividad escolar, hasta el momento, no los había acostumbrado: Dialogar y debatir respetuosamente.

Una de las cosas que me fue difícil hacer entender a mis alumnos es que la escuela no era un sitio democrático en su estructura de mando, aunque podía fomentar la democracia. A final de cuentas, en clase mis alumnos no podían elegir quién “mandaba”, pero sí podían expresar lo que les agradaba de ella y lo que no querían como método de enseñanza. No podían elegir el contenido de la clase, pero sí la forma en que éste se les presentaba, pues había mucha interacción maestro-alumno que fomentaba su participación. Yo dirigía, pero ellos elegían cómo aprender… o no aprender.

Traté siempre de dedicar 5 o 10 minutos de mi clase a la labor de pensar, de platicar y dialogar sobre algún acontecimiento relevante, ya fuese a nivel local, regional o global. Otras veces ese tiempo fue utilizado para que me cuestionaran, lo cual promoví y permití siempre que se hiciera con respeto.

No fue fácil decidirlo pero cuando supe que no tenían idea de lo que era la Unión Europea y cuando, en los eventos del 11/09/01, solo 1 de 30 alumnos supo lo que era un musulmán, me vi en la necesidad de compartir un poco de lo que sabía… cuestionar y averiguar. No era mi intención compartir mi conocimiento (el cual puede ser vasto en algunas áreas y, quizá, pobre en otras) sino compartir la inquietud que me caracterizaba por cuestionar lo que, para empezar, mi entorno social me presentaba como ya hecho y quitarle la forma sólida tanto a los eventos como a las ideas.

No pretendo decir que mi método es ideal, quizá no lo sea, pero sí fue efectivo, logrando que al menos por curiosidad cuestionaran con argumentos lo que se les planteaba delante de sus ojos como “normal”. No fue casualidad encontrar a mis estudiantes leyendo en la biblioteca sobre asuntos que yo previamente les había comentado en clase y que estaban totalmente, para su mala fortuna, fuera de su plan de estudios.

La escuela no es una democracia, pero es democrática por tener la voluntad de incentivar la participación de los alumnos en la sociedad. Creo que incluso una mala escuela logra (de manera errada pero lo hace) insertar a un alumno en el ambiente social al que corresponde dicha institución. Dependerá de la interacción padre-alumno-escuela para que la falla de una de las 3 partes no mande el trinomio al fracaso.

Te preguntarás, estimado lector, más allá de lo que planteo, ¿cuál era el método? Bien, fuera de presentar siempre al menos una cara distinta a un hecho o hacer una pregunta que se atrevía a cuestionar algo ya respondido, no había método. Solamente se trataba de eso, cuestionar lo establecido y no dar nada por sentado… principio filosófico. Así me gustó jugar, en ese límite, por lograr un objetivo.

Creo que “jugar” en la línea de fuego no representa la mejor opción, pero para muchos lo es. Quizá para mis alumnos fue bueno, incluso hoy, 5 años después de ejercer esa noble labor por última vez, hay algunos que se han mostrado agradecidos por ese “método”.

Creo que a nuestro sistema educativo le falta, en demasía, establecer un buen sistema de información que permita a los alumnos no solamente “trabajar en equipo” sino conocer, saberse parte del mundo y no estar aprendiendo hoy las mismas cosas de hace 20 años en materias como ciencias sociales y ciencias naturales; que en lugar de aprender sobre filósofos se les enseñara a filosofar de forma entretenida. Creo que se requiere un juego al límite de lo permitido, para cambiar la manera en que aprenden los actuales estudiantes.

Democracia Mafalda 2Ese ‘juego’, a nivel social es más complicado… para una parte de la población, una vez conseguido el objetivo individual, se deberá descansar en él y dejar de procurar que otros lo consigan; para otros implica siempre cuestionar pero no hacer nada para superar la cuestionada situación; para otros el objetivo se marca tratando de confrontar lo que le afecta, reclamar justicia con razones y siempre saberse seres sociales, en donde no existe sin el otro y se es gracias a los demás y no los demás gracias a ella o él. Una minoría cae aquí, en esto último, ese porcentaje de la sociedad busca la mejora continua con base en el rompimiento de lo establecido, no en la violación de las reglas, en el respeto de las personas y en el no-respeto a las acciones que perjudican a otros.

El que acepta lo establecido no necesita de estos seres, incluso le repugnan y hasta le provocan rechazo. Pero es un principio filosófico el cuestionar, luego pensar para actuar luego en consecuencia y no aceptar lo que se otorga solo porque se debe, sino porque se sabe necesario.

Esto último es parte de mi visión de vida, el no aceptar algo solo porque “así tiene que ser” sino aceptarlo porque “lo quiero”. Si alguna vez me lees te darás cuenta que no escribo para aplaudirlo todo, antes cuestiono y me quejo, después felicito y alabo.

No pretendo enseñarte lo que sé, pretendo compartirte mi interés por cuestionar lo establecido… las situaciones cotidianas, los gobiernos,  la forma de ser de una sociedad, la forma de trabajar de alguien, incluso nuestra propia existencia. No se trata de quejarse por gusto, sino quejarse con razón y no casarse con un punto de vista con el cual, en ocasiones, corremos el riesgo de caer en intolerancia.

No preguntaré nada, pues te respetaré si tú no eres así… Lo único que diré es que siempre que alguien se queja, es porque algo está siendo percibido de manera distinta a como lo percibe el que no se queja, pero eso no indica que algo está mal; pero cuando muchos se quejan, cuestionan o levantan su voz, es porque algo está mal en la estructura del objeto en cuestión… o quizá solo les gusta hacerlo, y tal vez sería bueno acercarse y tratar de aprender de la acción de pensar cuestionando.

Hasta aquí llego yo… lo que sigue por pensar, espero que lo hagas tú y tengas el tiempo de compartirlo conmigo.

Eduardo PS.

(si tienes algo que opinar, incluso cuestionando, eres bienvenido)

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Categorías:Educación, Sociedad, Tolerancia

2 respuestas

  1. Definitivamente en la estructura eduacional de méxico es urgente que se le enseña a los niños a pensar, tener bases sólidas de que es una sociedad, y así puedan respetar la misma.

    Punto clave, los padres, ellos son los que deben complementar esa enseñanza y regar dicha plantita, formarnos un verdadero compromiso de fomentar en los niños el pensamiento crítico, si no seguirán haciendo lo que quieran los altos mandos de este país.

    Hay que quejarnos con lógica, educación y un poco de sarcásmo con nuestros seres al rededor y que se pueda difundir y contagiar esto.

    Saludos!! Muy buen Post! :O)

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  2. Nuestro sistema educativo, bueno, el de Elba Esther, está hecho para crear mansos mensos que nada cuestionan. Es un sistema de inducción ideológica, no educativo.

    El método socrático, con más de 2 y medio milenios a cuestas, sigue siendo, como bien lo arguyes, la mejor forma de educar.

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